Muy buenos días, soy Fabi. ¿Casi todos nos levantamos con algún gigante del alma haciéndonos frente y ahora quién podrá ayudarnos? Como aquel personaje del programa infantil que esperaba al Chapulín Colorado. Así nos sentimos a veces. Somos aquellos a quienes hemos estado esperando, escribió un poeta. No por nuestras fuerzas, no por lo que podemos, sino por lo que Dios ha puesto en cada uno de nosotros. Un día el ejército de Dios estaba ante un gigante llamado Goliat. La conocida historia está en un Samuel 17.
Ellos tenían temor de aquel enemigo amenazador porque gritaba, porque era violento. ¿Sin embargo, ellos tenían armadura, tenían los elementos para la batalla, pero estaban en modo y ahora quién podrá ayudarnos? ¿Te has sentido alguna vez así? Como cuando llegas, por ejemplo, a una cafetería, te sentás y decís al que atiende estoy esperando a alguien. Y esperás y esperás, pero ese alguien no llegó. Imagínate si David, en medio de aquel campo de batalla, se hubiera sentado a esperar que algún otro llegara, alguien mejor que yo, alguien más seguro, más valiente, con más experiencia, más aceptado por todos, podría haber pensado. O también podría haber pensado Dios ya va a enviar mágicamente algún rayo del cielo que destruya a este gigante.
Sin embargo, él tomó la oportunidad de darse un regalo caminar a través de ese campo de batalla. Tres cosas sencillas para que pensemos y pongamos en práctica y ser protagonistas de la historia del propósito que Dios diseñó para cada uno de nosotros. Primero, David se levantó y caminó a través de aquel valle. Yo iré, dice David en un Samuel 17. Lo segundo es que David sabía, confiaba profundamente que era Dios quien lo acompañaba mientras daba un paso tras otro. Aunque ande en valle de sombra, tú estarás conmigo.
¿No con otro, no con quien tiene mejor armadura, conmigo, dice el salmo 23. Podrás creer que hoy estás avanzando con Dios? Y lo tercero es que David usó lo que Dios ya le había dado. El versículo 49 cuando el gigante se acercó para atacarlo, metió su mano en la bolsa de pastor y sacó una piedra. ¿Qué llevas en esa bolsa de tu vida? ¿Cuáles son las experiencias que has tenido? ¿Dónde está tu fuerza? ¿Cuáles son las fortalezas de tu personalidad? ¿Cuáles son los recuerdos de victorias que el Señor te ha dado? Esto es abrir nuestra propia bolsa con esas piedras con las que Dios nos ha equipado. No nos centremos en esta mañana en el tamaño de los gigantes y los problemas, sino en en el imponente Dios que nos acompaña y abramos esa bolsa de experiencias con Dios. Tal vez seas un héroe de fe inesperado. Con la ayuda de Dios haremos cosas poderosas. Con su ayuda saldremos victoriosos, dice el salmo 60.
Que así sea. En su nombre.