Muy buenos días, soy Fabi. Estandarte es un emblema, una señal que muestra a quién le pertenecemos. Ese día la tormenta seguía y no traía ni agua ni vientos, sino una lucha en medio del desierto. Estaban siendo atacados, dice el relato en Éxodo. Y entonces Moisés toma la vara de Dios en su mano y le dice a Josué Salgan a luchar. Estaré en la cima del monte con la vara de Dios en mi mano. Y la historia dice que la batalla duró todo el día. Mientras Moisés tenía las manos en alto, ellos tenían la victoria. Por lo cual Aarón y Ur sostenían sus brazos en alto cuando Moisés no daba más.

Algunas batallas duran todo el día, toda la semana, todo el año, y a veces nos sentimos cansados. Y no significa que nuestra fe esté fallada ni defectuosa. Significa que no podemos todo y que no podemos todo solos. Moisés tomó un tiempo al final de aquel día y levantó un recordatorio. Construyó un altar, dice el relato, llamado el Señor es mi estandarte. Después de la batalla y durante ella, no olvidemos a quién le pertenecemos. Después de cualquier lugar difícil donde estuvimos en este día, o cuando haya nueva vida en lugar de cenizas, o cuando todavía nuestros brazos estén cansados y sigan remando entre las olas, tomemos un momento y recordémosle a nuestro corazón a quién pertenecemos. Porque Dios es infinitamente más grande que esa tormenta que se ha levantado.

Así que vamos a estar bien este día. Vamos a levantarnos y a mirar de frente, con valentía, ese desafío, porque sabemos a quién le pertenecemos. Y podemos orar Señor, las olas se han levantado. Te pido que hagas lo que sólo vos podés hacer. Tal vez hoy no veo la solución, pero señor, vos sos infinitamente más grande que esto. Sé que no dejarás que me ahogue. El Salmo 93 porque más poderoso que el estruendo de los mares, más potente que el embate de las olas, el Señor que está en lo alto es más poderoso que estos y así de grande y poderoso es tu amor por mí.

Ayúdanos a escuchar tu voz en medio de cualquier otro ruido de batalla, porque el Señor es nuestro estandarte. Sabemos a quién le pertenece nuestro corazón. Tu promesa, amado Dios, no falla y eso trae paz en este día y hasta el final de la batalla. Que así sea. En su nombre, amén.