Muy buenos días, soy Fabi. Esta mañana mi corazón fue a los Salmos. Hay días en que abrir mi Biblia ahí mismo, en la mitad, es donde encuentro, como en ningún otro lado, esa libertad de acercarme a Dios. Y a veces lo hacemos con nuestras ropas gastadas, sucias por esta vida, como con los mejores vestidos también en tiempos prósperos. Esto es lo que los salmistas parecen comprender. La relación con Dios es profunda y en este libro también hermosamente poética. Nos enseña a hablar con Dios honestamente, como hijos con su Padre.

En el Salmo 42 dice en el versículo 5 ¿Por qué estoy desanimado? ¿Por qué está tan triste mi corazón? Pondré mi esperanza en Dios. Nuevamente lo alabaré, mi Salvador y mi Dios. Y sentí esa curiosidad de cómo termina el Salmo. Todo se resuelve al final. ¿Tendría un moño de regalo y celebración? Y vivieron felices con todo lo que querían para siempre. Si, sin tener otra preocupación nunca más. Sería bueno, ¿Verdad? Pero no. El salmista todavía tiene las mismas preguntas, tensiones y luchas. ¿Alguna vez tus pensamientos y creencias te llevaron lejos de la paz y el descanso del alma? Dios no espera que lo superemos todos hoy. Nos conoce demasiado para eso. Los clichés de superación personal no hacen que desaparezca lo incómodo que se sienten a veces los tiempos intermedios.

Pero tú, Señor, eres escudo alrededor de mí, mi gloria, el que levanta mi cabeza, dice el Salmo 3. Y cuando te sientas agotado, no tenés que levantarte solo. Dios es quien nos levanta. Él es mucho más cuidadoso con nosotros que nosotros mismos. Él no nos reprende como un general a su ejército. Él nos abraza como un padre amoroso a su pequeño hijo. Por eso podemos pondré mi esperanza en Dios. Padre, gracias porque no esperás que simplemente nos motivemos y superemos todo.

Hoy, en cambio, estás entrando en cada lugar difícil con nosotros y sos paciente y levantás con tus manos de amor y cuidado nuestra cabeza. Ayúdanos en este día a ser una extensión de la gracia que tan generosamente nos has dado. Que así sea. En su nombre.