Muy buenos días. Soy Fabi. Amo las palabras, sobre todo las escritas. Esto es así en mí desde niña. Esta mañana pensaba en que las palabras también pueden tener estaciones. Las palabras no se encuentran. Las palabras tienen temporadas. Y nadie lo expresa mejor que la misma palabra de Dios. Hay tiempo de callar y tiempo para hablar. El sabio sabe callar. El tonto habla y causa problemas, dice Proverbios, capítulo 10. A veces el silencio puede ser oro. Es necesario que la tierra de nuestro corazón repose antes de responder sin meditar. Las semillas de perdón y restauración quizá también necesitan tiempo. Me pregunto en esta mañana si mi necesidad de hablar siempre es más importante que escuchar. En el momento preciso, el Espíritu Santo les dirá lo que tienen que decir, Dice Lucas, capítulo 12.

Por eso es tan importante escuchar. Llámame y te responderé y te enseñaré cosas maravillosas y secretos que nunca has conocido. Dice también Jeremías 33. A veces queremos los frutos del verano sin pasar por la temporada de quietud del invierno. Y sabiduría es aprender a discernir los tiempos. Recuerdo una madre que habló sobre su hijo en una temporada de dolor. Su breve historia está en 1 Crónicas, capítulo 4. Allí había un hombre llamado Javes quien fue más honorable que cualquiera de sus hermanos. Su madre le puso por nombre Javes porque su nacimiento le causó mucho dolor.

En aquel tiempo, un nombre influía poderosamente en el curso de una vida. Y ella sentenció con sus palabras de una temporada toda una vida. ¿Te pasa alguna vez pensar que las palabras de dolor o el daño van a durar para siempre? Nunca vas a llegar a nada. Perdiste tu oportunidad. Dios no puede usar tu vida para bendición. Tal vez nos dijeron. Hasta que un día Jabes supo y decidió que Dios era más grande que su propio nombre. Más grande que cualquier temporada de daño y dolor. Y supo y creyó que Dios puede hacer nuevas todas las cosas.

El relato sigue. Él fue quien oró a Dios. Si tú me bendijeras y extendieras mi territorio, te ruego que estés conmigo en todo lo que haga y que me libres de toda dificultad que me cause dolor. Y Dios le concedió lo que pidió. De alguna manera, sus palabras eran una nueva canción en una estación plena de fe, como un renacer en primavera. Y Dios le dio lo que pidió. Una temporada de sol resplandeciente con todas sus fuerzas y llena de frutos. ¿Hay alguna palabra a la que tengas que renunciar? Para que la palabra de fe en lo que Dios puede hacer comience a florecer en tu vida. Que así sea, en su nombre.