Muy buenos días, soy Fabi. Hoy meditamos en Jeremías 32. Nunca dejaré de hacerles bien, dice el Señor. Me gozaré en hacerles bien. No hay momento en nuestra vida desde el día en que confiamos con todo nuestro corazón en Dios, en que Él no esté deseando bendecirnos en todo, en cada circunstancia. Dios nos hace bien. Él nunca se detiene. Dios no espera bendecirnos después que salgamos de nuestros túneles o cuando los problemas terminan. Él nos está bendiciendo ahora mismo.

Él nos está dando en su perfecta sabiduría lo que es bueno. Sí, por supuesto, ahí está nuestro problema. Él nos da en su sabiduría, no en la nuestra. Y somos un poco niños porque en lo íntimo creemos que un padre bueno siempre nos daría helados antes que una sopa de espinacas. La bendición es helado, no espinaca, muchas veces para nosotros. Y la clave de sentirnos bendecidos es la confianza en la mano que nos da, no tanto en lo que trae. La bendición es tomarnos hoy de su mano más que lo que trae esa mano. El problema es que no creemos que esto sea cierto. Es decir, podemos decir sí con nuestra cabeza hoy, pero no nos sentimos bendecidos en nuestro corazón.

Señor, ¿Cómo puede ser que un sueño roto sea parte de tu bendición? Podemos pensar a veces, si hoy te queda en la mano la pieza de algún sueño roto. Si alguna herida todavía se siente dolorosa en nuestro corazón, todavía Dios es un Padre amoroso que bendice. Porque para el corazón de Dios, tu dolor nunca es solo un dolor. Esa pieza rota entra en un rompecabezas mucho más grande. Un capítulo de una historia mayor. Hay una orden del Espíritu Santo que despierta nuestro corazón a confiar y vivir en la paz de ese propósito mayor. ¿Cuál es la mayor mentira del mundo? Preguntó un niño. Es que en un momento determinado perdemos el control de lo que nos pasa.

Dios nos ha retirado su bendición. Nuestra vida ahora es un juego de azar, escribe Paulo Coelho. Y entonces pasamos el resto de nuestra vida intentando controlarlo todo. Mientras tanto, Dios sigue trabajando, obrando, bendiciendo. Porque Él es un Dios que no se detiene. Él es un Dios redentor. Está sentado en El y toma esa pieza rota y la está colocando en un lugar de bendición. Señor, quitaste mi ropa de luto y me vestiste de alegría, dice el Salmo 31.

Este es nuestro testimonio de fe. Si le damos esa pieza rota a Dios, Él siempre sabe colocarla en el lugar de bendición para su propósito siempre mayor. Claro, nosotros elegimos. Si me la quedo en mi mano haciendo luto eterno, la historia será otra. Señor, danos sabiduría, tu sabiduría en este día. Que así sea. En el nombre del Señor Jesucristo. Amén.