Muy buenos días. Soy Fabi. Abro esta mañana mi Biblia. Una historia, otra historia. Corazones tan parecidos al mío, a los nuestros. Como José, por ejemplo, en Génesis 37. Un día se levanta casi al amanecer después de un buen sueño e imagina sus futuros días radiantes, todo color. Las cosas, sin embargo, no resultan como pensaba. Las cosas cambian, las circunstancias son diferentes y todo vuelve a cambiar otra vez. Sin embargo, hay una sola cosa, inmutable, sin variación, pero que a la vez lo cambia todo en su historia, en sus días.
La palabra lo dice en una frase. Pero Dios estaba con José siempre, cada día, a cada instante. Sea que el día comenzara con nuevos colores o que se presentara de un gris oscuro, todos queremos que algo cambie en este día, en esta semana. Que las noticias cambien, que los números cambien o que la relación difícil de un giro y todo termine bien. Honestamente, a veces pienso, señor, ¿No podrías haber comenzado la historia de la humanidad con? Entonces, más allá de todo lo que pasó y obviando detalles, las cosas buenas fueron estas. Pero Dios nunca se ha alejado de ninguna de las páginas de nuestra historia, tampoco de las de este día, por más desordenado que se sienta. Lo que necesito hoy es una fuerza más poderosa que lo que yo puedo hacer para que este rumbo interior, el de mi corazón, cambie. Nada cambia hasta que no cambiamos nosotros, dice una frase por ahí. Ahora escuchá lo que dice Pablo en Colosenses 1.
¿Es Cristo en nosotros la esperanza de poder y gloria? Solo hay esperanza cuando permitimos que el Señor Jesús siga abriéndose camino dentro nuestro. Nunca es por nosotros mismos. Siempre es permitiendo que la vida de Dios gane más y más espacio en nuestra alma y corazón. Cada nuevo día no comienza con nuestras expectativas. Cada nuevo día comienza con la verdad de que Dios siempre está haciendo algo nuevo. Que solo Él es quien puede abrir un camino fértil en medio de cualquier desierto. Así es. En su nombre, amén. Bendecida semana para todos.